Hoy había sido un buen día, a pesar de que casi falté a clases por culpa de un malestar en la mañana. Inclusive, hasta hacía buen clima, algo bastante raro a esa hora de la tarde en esta ciudad. Eran las seis y mientras caminaba hacia la parada de autobuses, buscaba hacer algo de cambio para así pagar el que me llevara de regreso al apartamento.
La señora que vende tostones- ¿acaso esto era una pista?- se veía cansada y algo demacrada en su puesto de la esquina, no aparentaba pasar de los 43 años, me sonrió amablemente mientras me vendía su producto y mi estómago rugió por haberlo dejado vacío desde el desayuno. Es que entre como me sentía en la mañana y el estrés de la universidad, lo que menos deseaba era cocinar, ni siquiera pasta con atún, la comida de todo residenciado lejos de casa que se respete.
Comencé a desesperarme un poco tras no ver ningún transporte en la avenida, debí decirle a mi amiga que me diera la cola, pero la verdad es que siempre lo hace y no lo sé, hoy pacientemente decidí darles una oportunidad a las busetas. Empezó a oscurecer cuando con dificultad, vislumbré la camioneta que lleva el número correcto, con la ruta que necesito. Me adelanté a una pareja de adolescentes que iban más pendientes de comerse la cara el uno al otro que de otra cosa y les robé el único asiento disponible en el vehículo.
Y fue ahí cuando el aire cambió.
No había terminado de sentarme triunfante, cuando se dio media vuelta para mirarme de arriba hacia abajo, fue un movimiento rápido pero no se qué me hizo volver la vista al frente: era un hombre moreno, con barba de candado, delgado pero de contextura fuerte, llevaba una chaqueta roja y pude jurar que sus ojos eran claros pero ya no quise averiguar, me sumí en mi bolsita de tostones y me distraje pensando en lo que tenía que llegar a hacer.
El trayecto desde la casa de mi amiga hasta mi apartamento es de aproximadamente quince minutos, incluso cuando se anda en transporte público, pero en hora pico con toda la gente que entra, se puede tardar hasta más. Es lo que sucedió una vez el conductor cambió de avenida. Varios pasajeros fueron subiendo y el espacio en el bus se hizo aún más chico. El hombre se levantó para darle su asiento a una joven recién llegada, lo que me recordó aquella vez en la que hice lo mismo con una mujer embarazada, a la que ningún caballero quiso hacerle el favor y que terminó agradeciéndome con media sonrisa mientras se limpiaba el sudor del rostro… sacudió mis pensamientos el mismo hombre del asiento de enfrente…pero que ahora estaba a mi lado, apoyado en la barra de arriba con su mano derecha y en mi asiento con la izquierda, de cara hacia la ventana y de cara hacia mí. Sentía su mirada encima y pensé que quizás era porque estaba comiendo, así que guardé disimuladamente la bolsa de tostones, humedecí mis labios salados una y otra vez hasta que el sabor se disipó.
Volteé a un lado y por primera vez noté a la anciana que tenía como compañera, parecía aburrida y al mismo tiempo concentrada en el camino. El autobús dio un salto y fue ahí cuando de verdad noté lo cerca que estaba el hombre de mí, enfoqué mi vista hacia la chica de enfrente y me fijé que ella también tenía a un hombre a su lado, aunque éste sí mantenía una distancia decente a pesar de lo apretujados que nos encontrábamos todos. Me distraje viendo las cicatrices que tenía en su brazo derecho, mientras el izquierdo lo tenía vendado, parecía que no había tenido un buen año…otro salto y ya sé que Él lleva blue jeans. Gracias a la cantidad de personas que seguían subiendo al vehículo, su entrepierna me rozó completamente el hombro derecho. Me revolví como pude en el asiento y revisé mi cartera en busca del dinero para pagarle al conductor, no era como que me iba a bajar pero quería creer que ya faltaba poco para que se terminara mi incomodidad.
Debí aceptar la cola de mi amiga.
Intenté volcar mis pensamientos en todo el trabajo que tengo por delante, o la lista de cosas por comprar en el abasto y la verdad es que tuve éxito de inmediato, pero de pronto entre el calor y el bullicio de la gente era difícil hasta respirar cómodamente. Un cruce más y dos pasajeros que bajaron bastaron para dejar de obviar lo que pasaba: Él lo hacía a propósito.
Me paralicé ante ese pensamiento. ¡¿Cómo alguien podía ser tan asqueroso para hacerle eso a una desconocida en el transporte público?!
Me miré las uñas, lisas y sin ningún color, como me gustan y retorcí entre mis manos el billete para pagar el transporte, jamás había ansiado llegar tan pronto a casa. Comencé a pensar en varias formas de reaccionar, pero una parte de mí seguía diciéndome que no le diera el gusto.
Alcé el rostro y de alguna forma supe que Él tomaba detalle de éste, así que miré hacia la ventana junto a la anciana y me revolví en el asiento por enésima vez, solo para cerciorarme de que su bragueta parecía estar pegada a mi hombro.
Junto a la anciana sé que observé muchas cosas, pero al igual que ella no sabía cuáles. Por cada frenazo del conductor se creaba una especie de ritmo entre nosotros, yo me revolvía tratando de evitar su contacto y él intensificaba el roce. Me entró pánico, sabía que yo estaba consciente de lo que hacía y parecía disfrutarlo.
¿Por qué no le gritas que te deje en paz?
Sé que eso me dije repetidas veces, pero simplemente no podía mirarle a los ojos, quería y me imaginaba haciéndolo pero otra parte de mí le restaba importancia diciéndome que lo ignorara. La más ruidosa me decía que tuviera cuidado.
Seguí enfrascada en la ventana, ya no veía nada, solo deseaba que apareciera algo que me indicara que esta ruta estaba por terminar. Los movimientos del autobús le favorecían al estar de pie, el conductor aceleraba y Él me rozaba hacia la derecha, el conductor frenaba y la fricción sucedía hacia la izquierda. Sentía el hombro entumecido de lo tensa que me hallaba.
No sé cuantos minutos se fueron pero pasó lo inevitable, debido al contacto sentí como su miembro se endurecía más y más en mi brazo. Sentí calor, asco y ganas de llorar. Ya era muy evidente la situación, o al menos eso me dije al ver que Él era el único de pie en el pasillo. Tragué saliva y me pregunté si el resto de los pasajeros sabría lo que estaba pasando. No pude más, empecé a hacer gestos y a acercarme aún más a la anciana, sin importar lo que ésta pensara. Fue en vano, pareció gozar de mis movimientos porque el roce aceleró y ya no necesitaba del conductor para darse gusto…
Una curva pareció detenerlo un momento, mientras sujetaba ambas manos a mi asiento y yo respiré, era la única curva del camino y la que indicaba que había llegado a mi parada. Respiré hondo, cogí impulso y me levanté del asiento. Pagué al conductor, recibí el cambio y bajé rápidamente del autobús.
Aire fresco.
Sentí que el calor había estado en mi imaginación y que nada de verdad había jodido el clima fuera de ese transporte, caminé hasta la entrada del Parque Grande, el que tenía que cruzar para llegar hasta el conjunto de apartamentos.
¿Qué fue eso?; cálmate, ya pasó; ¡que estúpida eres, no le dijiste nada!; ¿se lo contarás a alguien?
Pasaron muchas voces por mi cabeza pero yo no quería pensar, me dediqué a caminar para llegar a casa y tratar de olvidar lo sucedido.
Tiling Tiling
Ese sonido detrás de mí captó mi atención, era el de un manojo de llaves y me parecía que lo había escuchado por horas hace poco…en el autobús. Volví la cabeza hacia atrás en un movimiento poco disimulado, ahí estaba: Chaqueta roja, blue jeans y gorra.
¡¿Qué?!
Aceleré el paso sin emitir sonido alguno y mucha más gente se cruzó en mi camino, oía el sonido de las llaves y ya me temblaban las manos. ¿Qué coño pretendía ese malnacido siguiéndome?
Lo peor, pensé.
La salida hacia mi apartamento es la segunda del parque, éste se hallaba muy iluminado y debido al clima fresco había más gente de lo normal, era una zona muy popular al final del día ya que muchas personas solo podían hacer algo de ejercicio después del trabajo. Habiendo entrado por la primera puerta, llegar a la segunda debía ser pan comido…si no estuviese más que asustada por el sujeto que llevaba detrás.
Intenté mirar de reojo para saber si seguía allí, aunque no era necesario, el sonido de las llaves respondía por si solo mis preguntas. En casa nadie me esperaba, mi compañera se había ido de vacaciones con su novio a otro estado tras culminar sus materias, y sólo me quedaba una semana de clases para hacer lo mismo.
Estaría sola.Pero no hasta arriba, me dije.
Claro, tan solo debía llegar hasta la puerta del edificio, de ahí el vigilante me podría acompañar hasta mi piso, además es un lugar seguro porque no lo dejarían pasar a Él sin identificación ni motivo.
-Epa chama, ¿tú no ves por donde caminas?
La chica que tenía enfrente me dijo con voz irritada, sin fijarme choqué contra ella y su bolso cayó al suelo junto con sus cosas. Ambas quisimos recogerlo todo pero entre mi nerviosismo y ella que llevaba las manos ocupadas con un termo de agua, lo recogió otra persona…de chaqueta roja.
-Gracias- masculló la chica. Tenía el cabello castaño recogido en una coleta y varias gotas de sudor le corrían por las sienes. Él le devolvió el bolso y ella lo tomó con cara de prisa.
Corrí, corrí mucho.
Sin importarme el gentío, las sandalias incómodas o la poca elasticidad de mis pantalones, corrí hasta la segunda salida. En lo único que podía pensar mientras el viento me pegaba en el rostro, era en estar dentro de mi cuarto totalmente encerrada y lejos de todo, lejos de las suposiciones mentales, del miedo…
De repente, alguien me tomó entre sus brazos deteniendo mi triatlón improvisado, me revolví intranquila.
¡No!
Quiero llegar a casa, quiero llegar a casa.
-¡Laura!- me dijo cerca del oído- cálmate Laura, ¿qué pasa, qué tienes?
Reconocí la voz, era Daniel, mi vecino del cuarto piso. Vi mi edificio enfrente y supe que estábamos parados en el portal, lo abracé fuerte y él me correspondió asombrado. Había llegado.
-Daniel…-mi voz era tan fina como un hilo a punto de quebrarse- dime por favor que no hay un hombre de chaqueta roja detrás.
Silencio, supe que estaba mirando con cuidado.
-No Laura, no hay nadie- respiré- ¿Qué pasó, quién te ha asustado?
-No lo sé- le dije temblando.
No sabía si llorar, si sentirme mal, si todo había sido tan horrible o estaba exagerando. Sólo quería creer una cosa…
-Vamos- me dijo llevándome hacia la entrada- te acompaño a tu apartamento.
Se había terminado.
Reina Parra