Las ondas rebeldes del
cabello azabache se mecen al ritmo del viento. En un día nublado, justo al
finalizar la jornada laboral, en ese espacio de tiempo que se halla entre el crepúsculo y
el anochecer, la chica del rostro doble se encuentra en una cafetería anónima.
Tras hacer una pausa de su lectura preferida, alza un brazo y cierra la ventana
a su derecha, sin poder evitar escudriñar su rostro en el reflejo de ésta:
mitad felina, mitad humana.
Hace tiempo ya, se había
prometido a sí misma que ese rostro monstruoso no le impediría disfrutar de su
actividad favorita, ni de probar cosas nuevas. Pronto lo recuerda al sentir
como los bigotes de su lado izquierdo se mueven al igual que su nariz, nunca
puede evitar ese gesto. La vergüenza hace que se estremezca, aunque no olvida
el significado del olor percibido. Con una seña a la barra, hace el pedido de
su preferencia. El camarero le sonríe, es lo mismo de siempre, a la chica le
gusta tomar chocolate que combine con el color de sus labios.
En ese momento, todos la
observan, no todo el mundo acostumbra a ver a alguien con ese rostro a menudo.
La chica se tensa, siente que su corazón palpita a gran velocidad sobre su
pecho y casi siente la silueta del órgano asomándose sobre su escote. Trata de
recordar como respirar pausadamente, pero las miradas siguen allí,
escudriñándola sin piedad, la mayoría despectivas aunque cree reconocer algunas
llenas de fascinación. Sus manos retuercen el libro entre ellas, y las letras
tatuadas a lo largo del cuello le queman la piel mientras resplandecen como
fuego, encandilando todo el lugar. A pesar del fuerte brillo, que hace un
increíble juego con las paredes del lugar, divisa muchas manos sobre los
rostros, expectantes ante su siguiente movimiento. La chica respira, traga
saliva y cesa- junto con cualquier atisbo de respuesta- la luz de su garganta.

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